Tenía frío en aquella casa, así que agarró una vieja manta y la apretó fuerte. A lo lejos, sonaba el único disco que le había regalado alguien en su vida, o, al menos, el único que ahora le gustaba poner en ese radiocasete moderno y con migajas de polvo.
Miraba las flores rojas de encima de la mesa y pensaba en que un día le regalaría a alguien unas como esas. Parecían de terciopelo y sus pétalos estaban sobrepuestos unos con otros, como pegados con pegamento. Algunos trozos de pared rota, tirados por el suelo.
Se imaginó que probablemente el dueño de aquella fría y pequeña cueva no debía de ser muy cuidadoso, aunque no le importaba demasiado.
De pronto, pensó en lo fácil e incluso divertido que era imaginar cómo serían los demás, de qué pasta estarían hechos, especialmente, los desconocidos. Había demasiada gente a la que creía conocer y ya no (…)
Y es que durante mucho tiempo había intentando mantener eso que dicen que es la “esencia” de una persona, (eso que no se debe perder), pero, después de tantos giros, tantas idas y venidas… ahora sí, luego no, mañana tal vez... Y mientras, se arropaba con aquella tela verde porque aunque había encendido el calefactor que le dio su padre, seguía helada.
La vecina del cuarto gritó y aunque ella ni siquiera parpadeó, sabía que ocurriría lo de siempre. Habría discutido con su hijo, quien después de que su novia lo abandonara como a un perro, dormía en el sofá de su casa y la visitaba para pedirle dinero. La convivencia entre ambos no parecía que marchara bien.
De vez en cuando, se perdían en estupideces tratando de tirarse los trastos al piso, como si de una pareja se tratara.
Mientras, oyó abrir la puerta de enfrente de su casa. Era Eva, la mujer de Antonio, que regresaba de su trabajo y se disponía a preparar la cena para su hija pequeña. Después, la bañaría y le contaría un cuento para que se durmiera, probablemente, uno de piratas.
En la segunda planta, vivía un tipo inmensamente atormentado. Con él, ella se cruzaba cada mañana, cuando salía a trabajar, medio dormida, y, con ganas de desayunar para empezar “de verdad” el día.
Este tipo le preocupaba. Pensó en conversar algún día con él. Tenía la extraña sensación de que algo le ocurría. Sobre todo, después de encontrarlo escarbando en una papelera de la esquina de la calle de atrás, rescatando unas hojas de papel gastado, mientras llovía a cántaros en la ciudad….
lunes, 7 de febrero de 2011
jueves, 22 de octubre de 2009
TAN LEJOS DE FRANCIA
C'était hier, je l'ai trouvé par hasard, et même si je ne connais pas le camarade Albiac... il y a des moments où moi aussi... j'ai envie de dire .. SI LOIN DE FRANCE....
Merci, car ça fasait longtemps que je n'avais pas trouvé un texte vraiment interessant et éloquant
La carta de Guy Môquet vuelve, con el inicio del curso escolar, a abrir polémica en las aulas francesas. Y resulta difícil entender, desde aquí, por qué esa polémica es tan importante; el embrutecimiento moral de la política española incapacita para ciertos matices. Aunque en esos matices esté lo único que importa.La primera medida -como tal planteada y como tal cargada de gravedad simbólica- de Nicolas Sarkozy al hacerse cargo de la Presidencia fue instituir la lectura obligada, en el inicio de cada curso escolar, de la carta testamentaria de Guy Môquet. Menos de un folio. Escrito a lápiz sobre una cuadriculada hoja de cuaderno. La caligrafía es infantil. Pero es que quien la escribe tenía exactamente diecisiete años y medio en la víspera de aquel 22 de octubre de 1941 en que va a ser fusilado. Es el más joven de los veintisiete rehenes ejecutados en Chateaubriant por las fuerzas de ocupación alemana, como represalia por el atentado que acabó con la vida del Feldkommandant de Nantes, Karl Hotz, dos días antes. Môquet caía a mano: estaba ya en la cárcel desde hacía doce meses, así que no había ni que tomarse la molestia de ir a buscarlo. En octubre de 1940, un chaval de dieciséis años había sido detenido por repartir panfletos. Suficiente para ser fusilado a los diecisiete.Guy Môquet era comunista. Si es que a esa edad alguien puede ser algo. Nicolas Sarkozy tal vez sea el Presidente francés más lejano -y aun más hostil- a cualquier forma de izquierdismo que haya tenido la Francia del último medio siglo. La decisión inaugural de su mandato tomaba, por ello mismo, un claro peso simbólico, cristalizado en la línea final de aquella breve despedida: «los que sigáis vivos, haceos dignos de nosotros, los veintisiete que vamos a morir».La paradoja gira en su bella complejidad estos días de inicio de curso en Francia. Un Presidente anticomunista consagra la dignidad nacional que recae sobre la figura de un joven héroe comunista de la Resistencia. Y una parte importante de la izquierda escolar francesa se opone a esa liturgia, por juzgarla incompatible con el carácter impecablemente laico de la escuela pública, esa gloria mayor de la República y la más imperecedera, la que teoriza el Condorcet de 1792 («ningún poder público tendrá ni autoridad ni crédito para impedir la enseñanza de teorías contrarias a su política particular o a sus intereses momentáneos») y a la que Lakanal da cuerpo de ley en 1794, sobreponiéndose, dice, a los más mortíferos vaivenes de un Estado en quiebra, para «elevar un templo eterno y sin precedente conocido a todas las artes, a todas las ciencias, a todas las ramas de la industria humana»; esa que culmina en la ley de instrucción publica de 1905. Ninguna orientación, ni moral ni ideológica, debería recibir el maestro de quien gobierna: ni buena ni mala; porque toda orientación que viene del poder, aun la mejor intencionada, se trueca en pésima al ser trasplantada a la escuela. La escuela es un espacio sagrado -el único-, al abrigo de cualquier política y de cualquier partido y de cualquier Presidente.No sé cuál de las dos tesis que se confrontan estos días en los liceos franceses tiene razón. Lo más verosímil es que la tengan ambas. Porque ambas parten de un territorio común: el de la garantía ciudadana frente a tentaciones intervencionistas de cualquier gobierno. Veo el desguace que hicieron los políticos españoles de la enseñanza en los veinticinco últimos años: la docencia, convertida en una necia pedagogía de valores al correcto servicio del partido dominante. Y no sé qué prima en mí, si la envidia o la vergüenza.
Gabriel Albiac 22-1008, ABC
Merci, car ça fasait longtemps que je n'avais pas trouvé un texte vraiment interessant et éloquant
La carta de Guy Môquet vuelve, con el inicio del curso escolar, a abrir polémica en las aulas francesas. Y resulta difícil entender, desde aquí, por qué esa polémica es tan importante; el embrutecimiento moral de la política española incapacita para ciertos matices. Aunque en esos matices esté lo único que importa.La primera medida -como tal planteada y como tal cargada de gravedad simbólica- de Nicolas Sarkozy al hacerse cargo de la Presidencia fue instituir la lectura obligada, en el inicio de cada curso escolar, de la carta testamentaria de Guy Môquet. Menos de un folio. Escrito a lápiz sobre una cuadriculada hoja de cuaderno. La caligrafía es infantil. Pero es que quien la escribe tenía exactamente diecisiete años y medio en la víspera de aquel 22 de octubre de 1941 en que va a ser fusilado. Es el más joven de los veintisiete rehenes ejecutados en Chateaubriant por las fuerzas de ocupación alemana, como represalia por el atentado que acabó con la vida del Feldkommandant de Nantes, Karl Hotz, dos días antes. Môquet caía a mano: estaba ya en la cárcel desde hacía doce meses, así que no había ni que tomarse la molestia de ir a buscarlo. En octubre de 1940, un chaval de dieciséis años había sido detenido por repartir panfletos. Suficiente para ser fusilado a los diecisiete.Guy Môquet era comunista. Si es que a esa edad alguien puede ser algo. Nicolas Sarkozy tal vez sea el Presidente francés más lejano -y aun más hostil- a cualquier forma de izquierdismo que haya tenido la Francia del último medio siglo. La decisión inaugural de su mandato tomaba, por ello mismo, un claro peso simbólico, cristalizado en la línea final de aquella breve despedida: «los que sigáis vivos, haceos dignos de nosotros, los veintisiete que vamos a morir».La paradoja gira en su bella complejidad estos días de inicio de curso en Francia. Un Presidente anticomunista consagra la dignidad nacional que recae sobre la figura de un joven héroe comunista de la Resistencia. Y una parte importante de la izquierda escolar francesa se opone a esa liturgia, por juzgarla incompatible con el carácter impecablemente laico de la escuela pública, esa gloria mayor de la República y la más imperecedera, la que teoriza el Condorcet de 1792 («ningún poder público tendrá ni autoridad ni crédito para impedir la enseñanza de teorías contrarias a su política particular o a sus intereses momentáneos») y a la que Lakanal da cuerpo de ley en 1794, sobreponiéndose, dice, a los más mortíferos vaivenes de un Estado en quiebra, para «elevar un templo eterno y sin precedente conocido a todas las artes, a todas las ciencias, a todas las ramas de la industria humana»; esa que culmina en la ley de instrucción publica de 1905. Ninguna orientación, ni moral ni ideológica, debería recibir el maestro de quien gobierna: ni buena ni mala; porque toda orientación que viene del poder, aun la mejor intencionada, se trueca en pésima al ser trasplantada a la escuela. La escuela es un espacio sagrado -el único-, al abrigo de cualquier política y de cualquier partido y de cualquier Presidente.No sé cuál de las dos tesis que se confrontan estos días en los liceos franceses tiene razón. Lo más verosímil es que la tengan ambas. Porque ambas parten de un territorio común: el de la garantía ciudadana frente a tentaciones intervencionistas de cualquier gobierno. Veo el desguace que hicieron los políticos españoles de la enseñanza en los veinticinco últimos años: la docencia, convertida en una necia pedagogía de valores al correcto servicio del partido dominante. Y no sé qué prima en mí, si la envidia o la vergüenza.
Gabriel Albiac 22-1008, ABC
jueves, 2 de abril de 2009
Comme une fleur
Il a fermé la fenêtre et il a pensé à elle. Ce matin, Il voulait penser à elle. C’est tout.
Il l’imagine assise, il la voit dans le sofa, et en train de boire son café pendant que les enfants courent dans la maison. Il se demande si elle sera heureuse, l’endroit où elle habitera et avec qui. Il veut l’imaginer comme une femme amoureuse. Mais il se réponde que non, parce que l’amour est comme une fleur d’un jour. Parce que ce qu’ils avaient vécu ensemble, ne pouvait pas s’oublier.
« N’est pas facile d’oublier tout », il se disait. « Le bruit de la pluie m’a séparé de toi et je suis seul. Je ne sais pas pourquoi, quand je suis seul je pense à toi. ….C’est peut-être le vin, qui excite la mémoire... »
Mais tu vois… « Je ne sais pas pourquoi aujourd’hui je pense à toi, et je voulais t’imagine amoureuse, même si j’ai compris que non…. Que l’amour est seulement une fleur d’un jour… et ce n’est pas facile d’oublier tout…
Il l’imagine assise, il la voit dans le sofa, et en train de boire son café pendant que les enfants courent dans la maison. Il se demande si elle sera heureuse, l’endroit où elle habitera et avec qui. Il veut l’imaginer comme une femme amoureuse. Mais il se réponde que non, parce que l’amour est comme une fleur d’un jour. Parce que ce qu’ils avaient vécu ensemble, ne pouvait pas s’oublier.
« N’est pas facile d’oublier tout », il se disait. « Le bruit de la pluie m’a séparé de toi et je suis seul. Je ne sais pas pourquoi, quand je suis seul je pense à toi. ….C’est peut-être le vin, qui excite la mémoire... »
Mais tu vois… « Je ne sais pas pourquoi aujourd’hui je pense à toi, et je voulais t’imagine amoureuse, même si j’ai compris que non…. Que l’amour est seulement une fleur d’un jour… et ce n’est pas facile d’oublier tout…
miércoles, 25 de febrero de 2009
WEIB

-Mademoiselle, il n’a plus de place dans le bus¡ On est désole mais vous ne pouvez pas monter¡
-Comment ça ?, Maaaaaais, j’ai un billet pour rentrer de Mannheim à Lyon¡
-Oui, J’ai vois…. mais ce n’est pas possible, vous devriez appeler la central de Eurolines et prendre un autre bus… je ne peux pas vous aider¡
- C’est à dire que…… je dois dormir cette nuit en Allemagne ?
- Comme j’ai dit, Le bus est « FULL ».
Ni siquiera un billete de bus, arrugado y casi roto de tanto « usarlo » (aunque no por ello sin valor ni fecha de caducidad), sirvió de excusa para dejar l’Allemagne y partir rumbo al país del fromage como habían previsto.
Céline había preparado su reencuentro con David hace tan sólo unos días. La inestabilidad e incertidumbre de su extraña relación les impedían de alguna manera hacerse una especie de planning, (de esos que tanto se llevan ahora) y organizar su tan preciado tiempo libre, sin estrés.
Sin embargo, una buena tarde tomó el metro hasta una de las estaciones de tren, de la ville, y compró un boleto por unos cien euros y pico con destino a la tierra de sol.
-Comment ça ?, Maaaaaais, j’ai un billet pour rentrer de Mannheim à Lyon¡
-Oui, J’ai vois…. mais ce n’est pas possible, vous devriez appeler la central de Eurolines et prendre un autre bus… je ne peux pas vous aider¡
- C’est à dire que…… je dois dormir cette nuit en Allemagne ?
- Comme j’ai dit, Le bus est « FULL ».
Ni siquiera un billete de bus, arrugado y casi roto de tanto « usarlo » (aunque no por ello sin valor ni fecha de caducidad), sirvió de excusa para dejar l’Allemagne y partir rumbo al país del fromage como habían previsto.
Céline había preparado su reencuentro con David hace tan sólo unos días. La inestabilidad e incertidumbre de su extraña relación les impedían de alguna manera hacerse una especie de planning, (de esos que tanto se llevan ahora) y organizar su tan preciado tiempo libre, sin estrés.
Sin embargo, una buena tarde tomó el metro hasta una de las estaciones de tren, de la ville, y compró un boleto por unos cien euros y pico con destino a la tierra de sol.
-Madame, cent euros six, s’il vous plaît, un peu plus chère que normalement car c’est le période de vacances.
-D’accord, ce n’est pas grave, je comprends.
-Vous devez être ici le vendredi soir à 21 heures, ok ?
-Oui, oui, Bien sûr¡
Preparó con entusiasmo y anhelo una vieja bolsa de viaje que andaba por casa. Algún que otro abrigo para “soportar” el frío y un buen gorro parisino para afrontar las posibles nevadas que por estos tiempos cubren la fresca Alemania… C’est tout!
-D’accord, ce n’est pas grave, je comprends.
-Vous devez être ici le vendredi soir à 21 heures, ok ?
-Oui, oui, Bien sûr¡
Preparó con entusiasmo y anhelo una vieja bolsa de viaje que andaba por casa. Algún que otro abrigo para “soportar” el frío y un buen gorro parisino para afrontar las posibles nevadas que por estos tiempos cubren la fresca Alemania… C’est tout!
A las 6 de la mañana, la “polizei” detiene el bus.
-Controooool, avisa un pasajero desde el fondo del pasillo…
-Excuse-me¡ Your passport, please? …, pregunta un policía alemán con tono serio e impasible en un inglés casi perfecto.
-Yes, Of course¡ , responde ella con cierto pavor y medio dormida.
-Excuse-me¡ Your passport, please? …, pregunta un policía alemán con tono serio e impasible en un inglés casi perfecto.
-Yes, Of course¡ , responde ella con cierto pavor y medio dormida.
Una hora después, amanece en Alemania, el bus se detiene, Céline busca su “rancio” equipaje de fin de semana, lo carga en su hombro y camina hacia él… que le espera…
Un paisaje, blanco y fresco les acompaña de camino a casa. Música de los 90 en la radio y la nieve por todas partes…. permanece durante los tres días, como fiel aliada hasta su regreso…., un regreso más tarde de lo acordado. A veces los billetes de ida y vuelta no sirven para nada … se quedan en blanco… como la nieve de Alemania y como ella se quedó ahora que se fue …
Un paisaje, blanco y fresco les acompaña de camino a casa. Música de los 90 en la radio y la nieve por todas partes…. permanece durante los tres días, como fiel aliada hasta su regreso…., un regreso más tarde de lo acordado. A veces los billetes de ida y vuelta no sirven para nada … se quedan en blanco… como la nieve de Alemania y como ella se quedó ahora que se fue …
miércoles, 21 de enero de 2009
GAME OVER
A Isabel:
Dicen que los buenos autores, escriben sus mejores obras de madrugada, cuando la mente descansa y los ojos se abren más que nunca para poder hacer paso a la oscuridad de la noche. No creo entonces que haya tan reconocidos y extraordinarios individuos que olviden sus largas y profundas horas de sueño para sentarse frente a una fría y cuadriculada pantalla de ordenador a escupir un puñado de letras. Si al menos se tratase de una antigua hoja de papiro o un preciado pergamino que se pudiese plegar…como los de antaño…
Hoy todo está informatizado, mecanizado, pareciera que hasta las ideas y los pensamientos. Y es que claro, nuestro cerebro bien pudiera ser uno de esos ordenadores de alta definición y última generación que ahora cuestan tan solo un par de cientos de dólares o miles incluso, (si son euros los precios se disparan).
La calidad del cerebro del hombre se mide como la velocidad, según el tiempo que tardemos en recorrer una distancia, así de dichosa será nuestra vida. Espacio y tiempo parecen ir de la mano, como cogidos de un hilo fino y quebradizo que nadie quiere que se rompa, permítanme tal atrevimiento, para no joderse el invento.
Si a la temprana e inmatura edad de veintisiete años, y digo veintisiete como podría decir veintiocho, no tiene usted un trabajo fijo ni piso amueblado ni pareja que lo soporte, anda en graves y serios problemas. Su cerebro ralentiza y no ha captado aún el lío entre la velocidad y su fiel aliado. Me temo que los pierde, aunque siempre se puede consolar con los más débiles, los que están peor que usted, que los hay.
A los treinta, ya creen que es mejor tirar la toalla, abandono por depresión, cerrado por vacaciones permanentes, GAME OVER.
Siempre, siempre con prisas. ¿Es que no hay nadie que pueda darle al interruptor de este artilugio tan descontrolado y un poco desbocado que nunca se para? !Calma Dios mío!, “du calme”... ¿que pasó con ella?, ¿a dónde la echaron?, ¿ en dónde la pusieron?
Mientras, la esperaré sentada al borde de una cama observando cómo las flores se marchitan sin perder ni un solo pétalo de belleza...
María O. C.
María O. C.
viernes, 9 de enero de 2009
domingo, 23 de noviembre de 2008
La Fuite
La nuit tombe. Il fait froid. Il est six heures. Joan sort du bureau, prend ses affaires et dit au revoir à sa secrétaire d’une façon différente ; c’était probablement la dernière fois. Il vient d’avoir une réunion très importante qui changera peut-être sa vie. Son père l’oblige à quitter le pays. Joan et sa famille doivent déménager au Brésil avant que toute l’entreprise soit au courant de sa liaison avec la secrétaire. Il devra être parti dans vingt-quatre heures.
Joan et Lucille se connaissent depuis neuf ans. Elle est arrivée dans l’entreprise un peu par hasard, sans raison particulière. Lui est le fils du propriétaire, héritier d’une importante famille de la bourgeoisie parisienne. C’était en 1959, après la cruelle guerre, lorsque l’entreprise créée par son père, était en train de devenir la plus grande et prestigieuse entreprise du secteur de l’industrie automobile.
Père de quatre enfants, il est marié avec une jeune femme américaine qui rêve depuis huit ans de devenir une actrice de théâtre et de jouer dans des pièces célèbres sur les plus grandes scènes. Frustrée et triste, elle continue à vivre pour ses enfants et son mari. Elle a déjà essayé de se suicider plusieurs fois mais n’a pas réussi.
Joan n’est plus amoureux de sa femme. Il est fou de Lucile. Chaque nuit, quand il finit le travail, il prend sa voiture et conduit sans but particulier, sans véritable destination, n’importe où. Il regarde l’horizon et il pleure.
Lucile lui avait proposé mille fois de fuir et d’oublier son absurde et malheureuse vie, mais Joan avait trop de responsabilités. La pression professionnelle et le poids des conventions sociales sont très forts et il se sent perdu et confus. Il parle avec lui même mais il ne trouve pas des réponses.
Rester avec sa famille, aller au Brésil et commencer une nouvelle vie sans Lucile sera la meilleure décision pour ne pas perdre son travail et sa position sociale. Son épouse pourra aussi débuter là-bas et ne se suicidera pas.
Toutefois, Joan renoncera à l’amour et la passion de Lucile. Il arrête la voiture, il marche jusqu'à la gare, il achète un billet et il prend le train. Même lui, ne sait où il va aller, mais il fuit...
Joan et Lucille se connaissent depuis neuf ans. Elle est arrivée dans l’entreprise un peu par hasard, sans raison particulière. Lui est le fils du propriétaire, héritier d’une importante famille de la bourgeoisie parisienne. C’était en 1959, après la cruelle guerre, lorsque l’entreprise créée par son père, était en train de devenir la plus grande et prestigieuse entreprise du secteur de l’industrie automobile.
Père de quatre enfants, il est marié avec une jeune femme américaine qui rêve depuis huit ans de devenir une actrice de théâtre et de jouer dans des pièces célèbres sur les plus grandes scènes. Frustrée et triste, elle continue à vivre pour ses enfants et son mari. Elle a déjà essayé de se suicider plusieurs fois mais n’a pas réussi.
Joan n’est plus amoureux de sa femme. Il est fou de Lucile. Chaque nuit, quand il finit le travail, il prend sa voiture et conduit sans but particulier, sans véritable destination, n’importe où. Il regarde l’horizon et il pleure.
Lucile lui avait proposé mille fois de fuir et d’oublier son absurde et malheureuse vie, mais Joan avait trop de responsabilités. La pression professionnelle et le poids des conventions sociales sont très forts et il se sent perdu et confus. Il parle avec lui même mais il ne trouve pas des réponses.
Rester avec sa famille, aller au Brésil et commencer une nouvelle vie sans Lucile sera la meilleure décision pour ne pas perdre son travail et sa position sociale. Son épouse pourra aussi débuter là-bas et ne se suicidera pas.
Toutefois, Joan renoncera à l’amour et la passion de Lucile. Il arrête la voiture, il marche jusqu'à la gare, il achète un billet et il prend le train. Même lui, ne sait où il va aller, mais il fuit...
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