miércoles, 14 de noviembre de 2007

El Hombre y la rosa

Se despertó en un prado y una bella rosa le estaba mirando. Lo hacía de forma altiva, pensó el hombre.

-¿Por qué me miras así? Se cuestionó.

-Porque me das envidia, admitió ella ante la sorpresa de él.

-No te entiendo –dijo asombrado el hombre-. Tú tan bonita, deseada por todos; y yo tan feo, harapiento, vago por el mundo.

-Sí, pero yo vivo solamente aquí, y el día menos pensado uno cualquiera evitará mis espinas y me llevará consigo: una madre, una querida, una lápida, un florero...

-Pero eso es bello.

-Puede ser, mas yo no elijo a quién. Así como no decido mi destino. Además, tú encontrarás en tu camino muchas más flores, adorables unas, inquietantes otras, y hermosas también. En fin, miles de suertes podrás ver.

El hombre, comprendiendo y compasivo a la vez, la arrancó de la tierra con la mayor delicadeza posible y la puso sobre el agua de un arroyo que pronto sería río. La rosa, agradecida, se despidió y él pudo continuar su marcha.


Miguel Talegón

2 comentarios:

María O.C. dijo...

Gracias por tu aportación Miguel. Eres un buen amigo. Todavía me debes una caña¡¡¡¡ Es broma¡¡¡¡jajaja¡¡¡
un beso. Tu relato es un ejemplo de sutileza y sensibilidad.
A bientot

Alisa dijo...

¿Y qué hizo luego la rosa, la pauvre? ¿Y el otro se fue tan tranquilo?
¿Y la rosa se quedó contenta sólo porque era un hombre guapo el que le había arrancado de su tierra y cortado sus raíces?
Pfff, la rosa...
¿de qué color era la rosa?