
Viajar es una buena forma de aprender. Encontrarse con lo desconocido y sumergirse en el mundo de los otros nos ayuda a comprendernos no solo a nosotros mismos sino también a los demás.
Las impresiones que fabricamos a veces nos hacen adentrarnos en la historia del nuevo lugar en el que nos encontramos. Aunque todo depende de algo…. la implicación, la empatía, el esfuerzo también...
Recuerdo como un gran amigo mío me decía hace algún tiempo que detestaba hacer fotos de los lugares a los que viajaba. Para él era una manera de simplificar la realidad, de capturar los momentos como en una especie de jaula,… y eso no le gustaba.
Sin embargo, la cámara de Marta llegó a recoger más de setecientas imágenes de París. Roberto también fue un buen ejemplo y apretó el botón de su recién comprado aparato más de trescientas veces sólo durante su estancia en Praga.
El francés, (Brice), aunque no llevó su appareil no dejó de guardar (como en un cajón) cada uno de los paisajes, de los detalles, de los objetos descubiertos…
Aunque a veces nos empeñemos en negarlo, todo el mundo (alguna vez) ha prefabricado una idea, una visión sobre aquello que desconoce… llámese tópico o estereotipo… no se muy bien… es difícil poner nombre a las cosas.
Con Europa del Este creo que nos había pasado un poco eso…. Coincidíamos en verlo todo un poco gris, también bello, distinto, destruido, frío, inseguro, silencioso….
Cracovia fue así en cierto sentido aunque con Praga no ocurrió lo mismo. El París del Este sería una más que merecida comparación.
Claro que…nada es igual a otra cosa y por otra parte todo es en cierta manera diferente y a la vez lo mismo o parecido.
Ayer precisamente leía en un semáforo de la ville de Lyon algo así como que la igualdad más evidente es peut etre la difference.
Las ciudades que uno visita pueden llegar a marcar la vida de los viajeros. Para algunos hasta el puno de llegar a instalarse permanentemente en ellas o volver a visitarlas con frecuencia.
No estaría nada mal volver a pasear por el puente “Charles” de Praga (al anochecer).
Quizás no sería una buena idea. Leí una vez que no se debía repetir alguno de esos momentos (que hay en la vida de los humanos) que nos transforman o nos hacen rozar la felicidad por su extrema y especial belleza. Puede que al querer revivirlos ya no sean lo mismo y pierdan toda la fuerza…. Sería triste… ¿no?
En cualquier caso cuando llegamos a Viena la misión de Europa del Este (tal y como el mismo Brice había bautizado esta aventura) pareció llegar a su fin.
Con la riqueza y soberbia de esta bella ciudad dejamos un poco en el olvido esa imagen que en algún momento se había apoderado de nosotros durante el viaje.
Pero como casi siempre ocurre… uno se da cuenta de lo ridículos que podemos llegar a convertirnos cuando la ignorancia se adueña de nosotros y por eso al acabar este viaje, cado uno de los cuatro aventureros, con fotos o sin ellas sacaron la misma conclusión. Y es que había sido una experiencia inolvidable y enriquecedora.
No se si volverían a visitar los mismos lugares pero seguro que les quedaban muchos otros por descubrir..