Lo suyo con los suicidios empezó ya hace algún tiempo. Habían pasado sólo algunos lluviosos y todavía fríos días lyoneses cuando ojeaba con una amiga un libro o no se si una especie de cuento sobre las diferentes formas que un conejo podía llevar a cabo hasta llegar a suicidarse… si es que eso es posible…
Después… una mañana francesa, descubrió que aquello de quitarse la vida podría ir incluso más allá…
De hecho, había traspasado la frontera de la ficción, del cine documental y del libro de conejos….no tenía nada que ver por ejemplo con la necesidad de legalización de la eutanasia ante situaciones extremas (Mar adentro), o el cruce biográfico que en ocasiones se ha trazado entre la literatura y el cine al repasar el drama de una mujer, una artista enfrentada a una sociedad patriarcal que ahoga su impulso creador (Las horas, basada en la vida de Virginia Woolf).
Tampoco del suicidio como espejo, ese donde los individuos se enfrentan con ellos mismos ante la insólita solicitud de un suicida que pide ayuda para consumar ese acto en una sociedad autoritaria como la musulmana cuya religión de Estado expresamente prohíbe la autoeliminación (El sabor de las cerezas).
Nada que ver con el suicidio presentado como metáfora de nuestro tiempo, un tiempo de barbarie y de derrotas, donde el hombre ha perdido metas e ideales, y ha quedado solo, enfrentado a la terrible constatación de que “ya no queda nada en ningún lugar” (Eden).
O el suicidio mostrado como un viaje hacia la muerte a través del alcohol, un viaje premeditado y fríamente calculado, que es también la forma de escapar de una sociedad decadente e hipócrita, que ya hace mucho que perdió su falsa inocencia (Adiós a Las Vegas ).
El suicidio que se había presentado ante ella, era otro… era real, se había desnudado, inesperadamente en “cueros”.
Sin embargo, éste era diferente, había durado solo unas horas…alguien lo interrumpió…
Hizo falta un año para planificarlo .. ya no habría vuelta atrás.
Comenzó por alejarse de su familia, no de manera física, externa o superficial sino de un modo más psíquico, debía sentir algo así como apatía hacia todo aquello que pertenecía al mundo que amaba y del que quería desaparecer…
No pasaba mucho tiempo en casa , dejó de afeitarse, de cortarse el pelo, de pasear con sus amigos, de besar a su madre, discutir con su padre, leer poesía….. así le resultaría más fácil.
Despojarse de la vida, arrancársela.
Una vez llegó a mis manos un libro sobre la “alienación”…la verdad que lo de “ser otro” no es fácil, pero creo que él lo consiguió.
Logró alienarse. Ahora solo tenía un nombre… “nadie” . Seguramente si alguien le hubiese preguntado en ese momento como se llamaba él hubiese respondido eso… “de nombre “nadie”
De repente, se preguntaba si lo de la poesia tenía alguna extraña vinculacion con el suicida…., indagando …. Descubre como por ejemplo entre los poetas suicidas se pueden encontrar bellos ejemplos en Gabriel Ferrater, un entusiasta de la obra de Kafka que dio fin a su vida en Sant Cugat el año 1972 .
"Estoy más lejos que amarte /.../ No soy sino la mano con que tú palpas").
Alfonso Costafreda, muy cercano a Ferrater en obra en vida y en muerte, se suicida en Ginebra ( ciudad que visité hace escasos días) durante el 74, después de haber escrito su último poemario, Suicidios y otras muertes, del que entresaco versos como.
"Entrará el mar lentamente en tus venas, / droga, ave rapaz, suicidio lento.";
Buscó en el viejo baúl de su casa, algunas pastillas que había comprado hace algún tiempo , también las cartas que había decido dejar a una buena amiga y confidente con algunos poemas e historias que había escrito… después decidió bañarse en un mar de sangre…
Cuando despertó… ya no había sangre, solo unas manos húmedas que temblaban y que tenían frío…
No tuvo la suerte de aquellos poetas muertos… y la vida ganó la batalla ….
miércoles, 9 de abril de 2008
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1 comentario:
No sé si desafortunadamente para él, pero afortunadamente para los demás, seguro ;)
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