Tenía frío en aquella casa, así que agarró una vieja manta y la apretó fuerte. A lo lejos, sonaba el único disco que le había regalado alguien en su vida, o, al menos, el único que ahora le gustaba poner en ese radiocasete moderno y con migajas de polvo.
Miraba las flores rojas de encima de la mesa y pensaba en que un día le regalaría a alguien unas como esas. Parecían de terciopelo y sus pétalos estaban sobrepuestos unos con otros, como pegados con pegamento. Algunos trozos de pared rota, tirados por el suelo.
Se imaginó que probablemente el dueño de aquella fría y pequeña cueva no debía de ser muy cuidadoso, aunque no le importaba demasiado.
De pronto, pensó en lo fácil e incluso divertido que era imaginar cómo serían los demás, de qué pasta estarían hechos, especialmente, los desconocidos. Había demasiada gente a la que creía conocer y ya no (…)
Y es que durante mucho tiempo había intentando mantener eso que dicen que es la “esencia” de una persona, (eso que no se debe perder), pero, después de tantos giros, tantas idas y venidas… ahora sí, luego no, mañana tal vez... Y mientras, se arropaba con aquella tela verde porque aunque había encendido el calefactor que le dio su padre, seguía helada.
La vecina del cuarto gritó y aunque ella ni siquiera parpadeó, sabía que ocurriría lo de siempre. Habría discutido con su hijo, quien después de que su novia lo abandonara como a un perro, dormía en el sofá de su casa y la visitaba para pedirle dinero. La convivencia entre ambos no parecía que marchara bien.
De vez en cuando, se perdían en estupideces tratando de tirarse los trastos al piso, como si de una pareja se tratara.
Mientras, oyó abrir la puerta de enfrente de su casa. Era Eva, la mujer de Antonio, que regresaba de su trabajo y se disponía a preparar la cena para su hija pequeña. Después, la bañaría y le contaría un cuento para que se durmiera, probablemente, uno de piratas.
En la segunda planta, vivía un tipo inmensamente atormentado. Con él, ella se cruzaba cada mañana, cuando salía a trabajar, medio dormida, y, con ganas de desayunar para empezar “de verdad” el día.
Este tipo le preocupaba. Pensó en conversar algún día con él. Tenía la extraña sensación de que algo le ocurría. Sobre todo, después de encontrarlo escarbando en una papelera de la esquina de la calle de atrás, rescatando unas hojas de papel gastado, mientras llovía a cántaros en la ciudad….
lunes, 7 de febrero de 2011
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